martes, 14 de junio de 2016

18º Festival de Cine Alemán. Día 2: Mi vida a los sesenta, Nosotros los monstruos y Salvaje.






Tras la inauguración con Fukushima, mon amour, seguimos con la cobertura del 18º Festival de Cine Alemán de Madrid. Esta jornada, quizás por estar precedida por las buenas sensaciones del estreno, la sensación general fue de que las tres películas, cada una a su estilo, no acabaron de redondear y destacar. Tanto la humorística Mi vida a los sesenta, como el thriller dramático de Nosotros los monstruos o la alegoría fantasiosa de Salvaje, quedaron a medio camino de lo que pudo ser, pero destacando esta última como el ejercicio más interesante del día.


Mi vida a los sesenta (Miss Sixty), debut de la directora Sigrid Hoerner, nos presenta en clave de comedia los dramas y “traumas” de Luise, una bióloga que acaba de volverse sexagenaria y cómo se enfrentará ante esta nueva etapa que parece destinarla a esa etiqueta de “la tercera edad”. También tendremos el punto de vista masculino con el personaje de Frans, un galerista de arte que se niega a comportarse acorde a lo que según la sociedad le corresponde por edad, para disgusto de su hijo.
Cuando la “frase gancho” del cartel reza “una comedia que te ayudará a afrontar esta nueva etapa”, y tú sólo tienes 29 años, no es raro que te sientas excluido. Quizás, por esta distancia generacional, el mensaje y el humor lo siento desubicado, como que no va dirigido a mí. En cambio, el tema de la inseminación artificial y la paternidad a los sesenta sí es algo que puede entenderse en cierta manera. Al menos la película parece enfocarlo como un capricho más del personaje principal más que como algo serio, pero me deja con la sensación que ya tenía desde hace algún tiempo, de que muchas personas tenemos hijos por egoísmo propio de satisfacción personal y pensando más en nosotros que en lo que podemos aportarle a esa nueva vida que vamos a dejar en esta sociedad.
Por suerte, el buen hacer de Iris Berben como Luise y Edgar Selge como Frans hacen llevadera esta comedia que tampoco pretende tocar temas de forma muy trascendente, sino más bien sacar leves sonrisas a costa del feeling entre sus protagonistas y algún que otro gag sobre la tercera edad. Comedia blandita para espectadores poco exigentes.


Nosotros los monstruos (Wir Monster), de Sebastian Ko, ofrece ciertas reflexiones interesantes y un inicio perturbador y misterioso. Por desgracia el devenir de la película hace perder interés a un relato que prometía sobre el papel bastante. Cuando un padre separado lleve a su hija y una amiga de ésta y, por azares del destino, su hija le diga que acaba de matar su mejor amiga, el padre se debatirá entre hacer lo correcto ante la sociedad o proteger a toda costa a su hija. Pronto se decantará por lo segundo, teniendo que colaborar con su ex mujer para encubrir el turbio asunto. El problema de este misterio es que ya chirría de primeras ciertos detalles. Luego la película los va aclarando, pero me cuesta, aún así, creerme la actitud de estos padres. No ya del encubrimiento, sino de la esclavización a la que casi se ven sometidos por una hija que durante todo el proceso demuestra poca o nula sensibilidad. Como digo, lo interesante es la reflexión sobre el tema propuesto, sobre los límites de la protección y la moralidad, pero como película de suspense, este poco a poco se va evaporando y hacia su recta final, incluso puede tener alguna que otra escena fuera de tono. Un de más a menos que se remarca por la nula complicidad del espectador con ningún personaje, ni padres ni hija, quedando cojo el marco emocional, importante en una película de este tipo.


Salvaje (Wild), de Nicolette Krebitz es quizás la película más interesante de esta jornada, pues su trama abierta a interpretaciones y tono tan metafórico le dan un toque más artístico que al resto. La película nos relata la metamorfosis paulatina de Ania (gran y complicado trabajo de Lilith Stangenberg) y un lobo, símbolo de la libertad y el instinto primario del que carece y anhela en la sociedad y el trabajo que tiene. Personalmente para que el ejercicio fuera pleno, necesitaría haber disfrutado la película a nivel dramático, además de a nivel metafórico, pero Krebitz únicamente parece interesada en su reflexión y no se preocupa de dotar de cohesión o interés narrativo a una trama que puede dejar al espectador bastante momentos incómodos y con cara de póker. Desde luego hay que enfrentar su visionado con libertad de prejuicios y aceptando que la trama está sujeta a su moraleja y no al revés, si no se quiere tener la sensación de tomadura de pelo.
Una vez entrados en este juego, esa visión de la mujer abrazando su lado salvaje y aceptando vivir conforme a sus instintos y libre de ataduras e imposiciones sociales que le coartan su existencia, la película deja cierto poso y desde luego no es de las que se olvida fácilmente. Una pena que el guión no contenga más capas para funcionar a varios niveles, porque podría haber dado lugar a una película realmente impactante y distintiva. A pesar de esto, los cinéfilos más dados al surrealismo y a películas más artísticas (sin entrar de lleno en el lado experimental, pues formalmente no corre riesgos) quizás quieran echar un vistazo a Salvaje.


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