viernes, 29 de abril de 2016

Mysterious Object at Noon. La búsqueda de la unidad


Título original:
Mysterious Object at Noon
Año:
2000
Fecha de estreno:
29 de Abril de 2016  
Duración:
83 min
País:
Tailandia
Director:
Apichatpong Weerasethakul
Distribuidora:
Capricci



Si han leído la crítica que el compañero David le dedicó a la última obra de Apichatpong Weerasethakul, Cemetery of Splendour, es muy probable que se repita un concepto aquí: Es muy dificil hablar de películas de esta especie. Cuando un director convierte su set en un laboratorio de experimentos, sin saber muy bien a donde irá todo lo que va filmando, el espectador queda en la difícil posición de acompañar el experimento hasta el final o quedarse a medias sin saber muy bien qué decir. Conocemos a Apichatpong; quedarse afuera de la fiesta muy temprano es una posibilidad cierta cuando asistes a una función firmada por él. Es el riesgo de hacer un cine (y de verlo) que se mueve siempre en los extremos de eso que solemos llamar vanguardia: sabes que no serás apreciado en tu tiempo, por más que te aplaudan los más entendidos, y sabes que en el futuro quizá te tengan como un referente de un nuevo cine naciente, aunque quizá no. Pero volviendo a la difícil tarea del crítico/analista/aficionado, ¿qué decir? ¿Qué escribir? Es que el cine del tailandés está tan dedicado a la experiencia, que sólo haber experimentado plenamente una cinta como su ópera prima te permite una verbórrea decente y con sentido. Para el resto queda remar. Intentar comentar de forma aburrida y nada apasionante, lo que hemos rescatado de una propuesta como ésta, que no por compleja y experimental es menos interesante y rica.
Y sí, con todo lo dicho anteriormente, parece que no tengo idea de lo que he visto. Pero no es tan así; Mysterious Object at Noon se hace de rogar, te pone a prueba constantemente, pero vale la pena quedarse porque el hallazgo de lo que guarda en su interior es difícil de olvidar. El afamado director tailandés no tenía mucha idea de lo que estaba filmando, pues su idea original sólo era montar una secuencia de elementos siguiendo una lógica que aún no tenía muy definida, no mucho más que un collage improvisado. Fue cuando se cruzó con el concepto del "cadáver exquisito", cuando se le ocurrió que su material filmado le podía servir para experimentar muy profundamente con un tema tan interesante como la unidad de una obra.



Así, lo que vemos en la cinta es una variante del clásico juego utilizado por los pintores surrealistas, donde la composición pictórica es reemplazada por la narración de un cuento y los pintores por aldeanos de diferentes zonas rurales. Las inquietudes de Apichatpong están a medio camino entre la búsqueda de una narración diferente y el compromiso político, pues no estamos sólo ante un experimento hecho desde una torre de cristal, sino que estamos escuchando las voces de gente marginal y olvidada. No es casualidad la omnipresencia de los elementos políticos a lo largo y ancho del film y muchos incluso, aunque yo no lo he visto tan claro, entienden la obra como todo un manifiesto político.
Sea como sea, lo que el tailandés logra con los aldeanos es toda una curiosidad. La mujer que arranca la narración lo hace desde su perpectiva particular (cuando era niña fue vendida por su padre según cuenta al director) y el inicio no podría estar más teñido de melancolía y añoranza d eun pasado mejor. Pero entonces todo se deforma; en la medida en que avanza la narración continuada por personas totalmente diferentes, comienzan a aparecer elementos fantásticos tradicionales, elementos épicos, momentos musicales. Todo para concluir demencialmente cuando se le da la batuta a los niños y toda su energía renovadora/destructora.



El director decide también que muchos momentos del cuento merecen ser filmados, mientras que otras veces, los propios aldeanos ayudan a representarlo, por lo que queda un montaje bastante curioso en el que confluye la ficción, el documental, el musical y el teatro. Por supuesto, el tailandés no podía con su genio y tenía que incluir otros elementos, como intertítulos de cine mudo, que nunca he terminado de dilucidar a qué venían.
Apichatpong consigue encontrar la unidad de todos esos elementos heterogéneos en el sentir y añorar de esos pueblos. Y si se siente que lo consigue más o menos, si se lo ve como manifiesto político, como evolución del cine o como lo que sea; lo más importante es que funciona. Es un gran experimento, de complejo seguimiento, pero de inobjetable valor. Una de esas obras que gusta decir que son de las más imprescindibles de los últimos años.

6/10

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