domingo, 24 de abril de 2016

Entrevista a Kike Maíllo: "No creo que me haya llamado Dios para hacer películas realistas."


Pocos directores en España se ganan la posibilidad de dirigir una gran producción, o al menos lo que se entiende con ese relativo término en nuestro país. Kike Maíllo es uno de ellos. El realizador catalán irrumpió con fuerza hace cinco años con la fascinante Eva, y ahora regresa con Toro, una combinación de intriga y frenesí de la que nos habló su director: “Creo que se trata más bien de un thriller que contiene bastante acción. Hay un misterio que sobrevuela la película y las relaciones son a la postre lo esencial de la misma. Todo se resuelve en torno a esas relaciones. Evidentemente hay persecuciones, hay hostias y hay gente que se hace mucho daño. Pero es verdad que, como en Eva, me gusta el género en tanto que el género está pendiente de los personajes.


Esa es una de las características que distinguen a esta producción, el interés que se presta a los personajes, lo cual no es habitual en este ámbito, que suele conformarse con la superficie: La mayor complicación del género es cómo dar cobertura a los personajes cuando estás metido en las reglas del género. Con Eva también pasaba. Hay algo tan vistoso en el aparato que cuando quieres entrar en la psicología de los personajes te cuesta encontrar las maneras para darles cancha y que no te parezca que es completamente inverosímil.” Pero el progresivo cambio de las reglas en la limitada industria cinematográfica ha permitido a Maíllo afrontar ese reto: En nuestro cine estamos haciendo las películas que nos gusta ver y no las que nos podemos permitir. Es un gran cambio, porque durante mucho tiempo hemos rodado porque era sencillo y accesible rodar. Pero los productores no producían las películas que realmente les gustaba ver en el cine. Y en algún punto eso está cambiando. No sé si eso significa hacer cine comercial o no, significa hacer un cine que a ti te gusta ver.”

En cuanto a la situación del séptimo arte en España, Maíllo ratifica ese obvio complejo de los espectadores hacia los productos nacionales: “Esto viene del 98, del siglo XIX. Perdemos colonias y eso nos causa esa sensación de pérdida de imperio que creo que no está superada. Somos muy poco chovinistas. En algún punto es bueno porque te da una humildad necesaria para dedicarse a contar historias y en algún punto es malo porque sientes que tu público siempre va a preferir un coche que no sea español a uno que sea español, una tostada que no sea española a una que sea española, un deportista que no sea español a uno que sea español y un cineasta que no sea español a uno que sea español.Y no se queda en la base del problema, sino que se expresa acerca de las soluciones para cimentar una necesaria y potencial industria: Creo que es muy bueno que lo público financie aquellas películas que son complejas de realizar fuera de un marco comercial y es muy bueno que las leyes velen porque quien quiera entrar al juego comercial pueda entrar con garantías. Al final esas son las dos líneas de acción. Es importantísimo eso sí que haya un caldo de cultivo comercial que funcione, porque los derroteros artísticos siempre van a crecer a la sombra de ese. Son completamente necesarios, son los que dan prestigio, que dan claves acerca de nuestra existencia. Pero no pueden ser la joya de nuestra corona.”


Aunque si algo ha evolucionado a una velocidad pasmosa en los últimos años es el acribillamiento en la fase de promoción: Estamos en un punto en el cual la gente va al cine, al menos en España, a ver cosa hecha. No se mete en un cine a investigar. La gente va a ver una película. Antes teníamos la costumbre de ir al cine, ahora vas a ver una película. Y esa película te la han sembrado doscientas veces en la tele y has visto siete tráilers y hay carteles en la calle, así que sí que hay cierto espíritu cultural que se ha quedado por el camino por lo mainstream.” Volviendo a Toro, confesó que Scorsese, De Palma y los cómics son sus grandes referencias, aunque si en algo muestra entusiasmo es en la ciencia ficción ballardiana: Había hecho una película de ciencia ficción y no quería abandonar esa sensación de ciencia ficción en la segunda película. Ese aire de que en algún punto el espacio mental está teñido por el espacio arquitectónico o al revés.” Eso sí, sin perder el contacto con la España en la que vivimos actualmente: “Había algo que a mí me interesaba muy de origen y era que con la que está cayendo y teniendo todos los días noticias que tienen que ver con la corrupción a todos los niveles, sobre todo en los grandes motores económicos de nuestro país: la banca, el urbanismo, la construcción… ¿Cómo puede ser que el principal motor que es el turismo no se conozca una noticia de corrupción?

Toro no se comprendería sin su subyacente crítica a las bases que cimentan nuestra sociedad actualmente: “Hay evidentemente en la película un trasunto que tiene que ver, en segunda o tercera capa de la película para quien la quiera ver, una parábola sobre la sociedad actual española. Eso que muy pedantemente en la película se llama ‘segunda transición’, que tiene que ver con que seguramente hay una España moribunda que tardará treinta o cuarenta años en morirse y hay una España que tiene que matar al padre. Aunque este joven colectivo no lo tiene todo de su parte para superar los obstáculos predispuestos, al menos no se ha manchado todavía con la herencia previa: “De alguna manera esa nueva generación, seguramente más choni, menos culta en las élites, más alfabetizada por supuesto, pero menos culta en las élites, tiene que matar al padre porque seguramente es más honesta o al menos está menos manchada, está menos embrollada. Tiene menos trazas o enredos con diferentes líneas de corrupción moral y económica, que es lo que en algún punto muestra la película.”


El mayor atractivo de la cinta es el trío protagonista, compuesto por los que probablemente sean los tres representantes por excelencia de cada una de sus generaciones de actores españoles: José Sacristán, Luis Tosar y Mario Casas. Aunque sea por popularidad. Por lo tanto, cuentan con un bagaje y un método diferentes: Si estás cogiendo a Pepe Sacristán sabes que su forma de trabajar va a ser distinta a la de todos los demás. Porque hay una forma de hacer que tiene que ver con la interpretación que ha cambiado. Y la forma en la que se abordan los personajes ahora es interiorizando las razones por las que el personaje está ahí. Él trabaja al revés, posicionando la voz y el cuerpo y entonces es el personaje.Y en el otro polo, al joven protagonista le augura un gran futuro: Ojalá esta y otras películas le pongan en el sitio que se merece. La verdad es que hay un prejuicio obvio contra Mario. Maíllo se deshace en elogios hacia ese Toro que ya mostró su bravura en Grupo 7: Tengo claro que no me voy a encontrar a un actor más trabajador que él. Si fuese un tío que sabe hablar inglés, porque ha nacido en Inglaterra, no porque sepa hablar inglés con acento de Vallecas, estaría ya forrado e hinchado a hacer películas. Porque tiene algo que muy pocas veces se da. Porque un tío que pueda mostrar una cara tan tierna, tan brutal como muestra Mario en la película. Y aparte sea el tío que mejor conduce del rodaje, contando a los especialistas. Corre el mejor del rodaje. Y salta el segundo o el tercero, porque a ver quién tiene cojones de saltar de treinta metros. Es muy difícil de encontrar. Está muy preparado para este tipo de cine. Es muy difícil encontrar aquí un tipo cine en el que converjan la acción con personajes, y él es capaz de las dos cosas. Creo que tiene un futuro de la hostia.”

Si hubo un título que apareció reiteradamente a lo largo de la entrevista fue el de La isla mínima, a la que Maíllo solo dedica buenas palabras. Para Toro contó como coguionista con Rafael Cobos, que ejerció el mismo cargo en aquella ganadora del Goya: “Cuando empezamos a hablar, la película no era muy localista. El cine que nos gusta a nosotros es más internacional y yo veía peligrar la integridad de la película. La parte simbólica. Porque cuando no arraigas las películas a algún sitio de pronto creo que pierden interés, no cogen color. Los personajes hablan como en ninguna parte. Y entonces fue cuando llamamos a Rafael Cobos.” Probablemente esa incorporación fue la clave de la pre-producción, y las palabras que Maíllo expresó a continuación definen las aspiraciones que tiene en el mundo del cine y en concreto con su último trabajo: “Lo que conseguimos con él fue que los personajes cogieran arraigo, que hablaran de una forma determinada. Entonces hubo que hacer el trabajo distinto. Hubo un punto en el cual ya estábamos en el costumbrismo, y yo no tenía ningún interés en pisar ese terreno, aunque Alberto Rodríguez lo borda. No creo que me haya llamado dios para hacer películas realistas. A mí me interesan los universos en los que uno se mete cuando empieza una película y que ese universo se apague cuando se apaga la película.

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