miércoles, 23 de septiembre de 2015

Narcos. Plata o 'Pomo'




Desde hace un tiempo, la exitosa plataforma de streaming, Netflix, venía expresando su voluntad de crear contenido original de “interés latinoamericano”, dando de esta forma una pequeña caricia a una región que ha respondido muy bien a la entrada de la empresa en su territorio, pese a que la dureza de los contratos de distribución la más de las veces ha conspirado contra la posibilidad de un catálogo similar al de USA. La región se llenó de expectación, ¿podría Netflix repetir sus estándares de calidad en un producto comercial hecho en Latinoamérica, allí donde son pocos los productos comerciales que prosperan? Pronto se sabría que la serie trataría sobre el Narcotráfico, sobre Pablo Escobar (el famoso narco-terrorista colombiano) y tendría un nombre tan poco provocador como “Narcos”; y la incomodidad creció. Importaba poco que un nombre de buen antecedente como José Padilha (Tropa de Élite, Bus 174) estuviese asociado al proyecto; ¿se podía triunfar sobre uno de los temas más trillados del subcontinente, compitiendo contra centenares de ofertas similares (de sospechosa calidad, eso sí)? El 28 de Agosto, la nueva serie de Netflix se estrenaba al abrigo de un grito casi unánime de la crítica, “Netflix lo volvió a hacer”. ¿Y era posible? Descubre junto a nosotros las bondades de un nuevo hit de Netflix, que es posible que comparta un destino de éxito similar al de grandes producciones de la plataforma, como House of Cards y Orange is the new black. Todo será, como siempre, sin spoiler.


Entre el thriller político y el documental
Contrariamente a lo que pudiese sospecharse, Narcos no nos presentará a un Pablo Escobar/Walter Withe, es decir, un personaje al que veremos iniciar su carrera criminal, tampoco nos mostrará su ascenso hacia ese poder tan particular que manejó y que lo llevó a ser, prácticamente, el dueño de un Estado paralelo al de Colombia. Apenas tendremos unas pinceladas de como inició el negocio de la cocaína en manos del colombiano, pero para el punto en que la serie arranca, Escobar ya es el más grande contrabandista del país, con una infraestructura funcionando y con medio país sobornado. A Narcos no le interesa contar la historia del hombre detrás del demonio, aunque la humanización del personaje acaba dándose necesariamente, sino que le interesa mostrar esa partida de ajedrez que jugaron el “Narco-Estado” de Escobar y el Estado de Colombia con la asistencia de los Estados Unidos, y todo ello con la habitual mirada inquieta, bastante cáustica de un director que ha demostrado en el pasado cierta sensibilidad hacia las cuestiones sociales.



Padilha logra realizar, en este contexto, una serie sobre el Narcotráfico en donde la cocaína y sus rutas de comercialización acaban siendo, acertadamente, elementos ausentes de la ecuación. Como Padilha dijo en una entrevista, la serie trata sobre Colombia y el problema de la droga no era un problema colombiano, sino un problema norteamericano. Es así como Narcos marca su primera diferencia, logra ser un trhiller político por momentos brillante, escapando del discurso facilón sobre la droga (aunque no demasiado, pues es un producto que busca funcionar frente al gran público) y dibujando consistentemente el panorama político de la Colombia de aquellos años. El entretenimiento es adictivo y muchas veces, transpiramos junto a los personajes a la hora de tomar las duras decisiones que se plantean en un momento en que ninguna solución parece ser la buena.



Allí está de nuevo la cámara en mano para los momentos más tensos y el amor por el plano secuencia típico de Padilha, pero en Narcos la novedad aportada es el uso de material de archivo para acompañar determinados momentos de la serie. Es curioso que llega incluso a mostrar fotos y grabaciones del mismísimo Escobar, lo cual es un terrible riesgo que rompe con la ficción y que ciertamente podría ser de doble filo de no ser porque le aporta una aura de documental que no le viene nada mal al producto.

A Narcos, sin embargo, no le faltan esas típicas pegas que estamos habituados a ver en productos de la marca Netflix: se nota demasiado la búsqueda de generar un impacto, del golpe de efecto que deje huella; Narcos abusa del diálogo grandilocuente y del primer plano dramático y la sobre-utilización de los mismos llega a ser hasta incómoda.

Escobar humanizado
Una serie de Netflix que golpeó fuerte a principios de año, fue “Marvel’s Daredevil”, una ficción donde tuvimos la posibilidad de ver a uno de los más importantes villanos de los comics, KingPin, desde un prisma humano jamás antes visto. A muchos les pareció una genialidad, pero no faltaron voces que señalaron correctamente, que el villano interpretado de manera notable por Vincent Donofrio, había mostrado una fragilidad que no lo hacía del todo compatible con su alter ego de los tebeos. Fragilidad es el precio de la humanización, y quizá es que KingPin no merecía urgentemente esa humanización que se le dio como sí la pedía a gritos el personaje de Pablo Escobar, un villano al que el imaginario occidental ha reducido prácticamente a “malo de comic” con título y todo “El Patrón del Mal”.

Si bien el trabajo principal de los productores de la serie no buscaba trabajar el lado humano como tema principal, hacer de Escobar un personaje humano era claramente una misión a abordar. En un tema que bien podría malinterpretarse como apología de la droga si no se trata con cuidado, Padilha logra hacer de Escobar un personaje empático y atractivo sin alejarse de la comodidad de considerarlo “el malo”. Y es que este “otro Escobar” es un personaje frágil (como aquél KingPin) cuya visible megalomanía es al mismo tiempo, una misión autoimpuesta casi religiosamente y también una obvia y predecible causa de su caída. En algún momento de la serie dan ganas de gritar, “¡No seas idiota, eres el Patrón del Mal!”, sólo para recordar que este Pablo Escobar no es el Patrón del Mal sino es un personaje tan capaz de cometer un error como todos nosotros y capaz de hundir todo su Imperio por sus caprichos. El colombiano no es aquí el típico contrabandista al que sólo le importa el dinero y atropella todo a su paso, sino que deja patente una misión mesiánica: ser el salvador de Colombia, invirtiendo macabramente las condiciones de un implícito plan internacional en el cual sería ahora Estados Unidos quien sufriría los efectos de la paz y comodidad del ciudadano colombiano.

Junto con el Patrón, también se dibujan acertados personajes a su alrededor, donde Padilha acierta particularmente con la lectura de los valores familiares de la banda criminal, aunque quizá abusa demasiado de personajes clichés como Rodriguez Gacha (reducido aquí al típico mafioso desquiciado que todo lo arregla a golpe de pistola) o los hermanos Ochoa, prototipo del narcotraficante preocupado sólo por las ganancias.

Nada como la familia


Donde definitivamente la serie es un desacierto constante es con el lado de “los buenos”, donde no se logra hacer un personaje que no sea cliché. Tenemos a Carrillo, militar que ha sufrido la pérdida por culpa de Escobar y que está decidido a cruzar la línea cuando lo atrape, a Peña el policía que aprendió a manejar la situación hace tiempo y es capaz de hacer cosas que en Estados Unidos no se hacen, y el oficial de la DEA Murphy, el típico estadounidense que no sabe dónde está parado pero que irá transformándose con el tiempo. No es un panorama muy alentador, pero más allá de que ninguno es un personaje muy complejo, tampoco arruinan la serie, pasando a ser, en el peor de los casos, olvidables y en el mejor de los casos, efectivo. Aun así, el presidente Gaviria (interpretado consistentemente por el mexicano Raúl Mendez) llega a ser el personaje más complejo de este grupo, lo cual se agradece al ser alguien clave en el andar de los acontecimientos.

Javier Peña (Pedro Pascal) y Steve Murphy (Boyd Holbrook)


¿Charlton Heston como mexicano?
Juan Pablo Raba es Gustavo Gaviria
Y sí, quién no se haya acordado del fallo de cast más mítico de la historia del cine mientras veía Narcos y escuchaba el “Plata o Pomo” (¿o era plomo?) de un esforzado Wagner Moura tratando de engañarnos con su pobre acento colombiano, que arroje la primera piedra. Y es que no tiene explicación ni justificación alguna, ya que aún si pretendemos entender la elección del actor brasileño por cuestiones de marketing, ¿cómo pretendía la serie venderse bien con el peso tan grande de tener un actor que apenas pronuncia el castellano como el actor principal? ¿Debemos pensar que no había en Colombia actores de un mínimo de calibre para hacer el trabajo, cuando presenciamos como el magistral Juan Pablo Raba (en el papel del primo de Escobar, Gustavo Gaviria) se ha robado cuanta escena en la que ha tenido la oportunidad de aparecer? Netflix incurre sin querer en una pequeña falta de respeto a la región, en cuanto ha pretendido colar algo imposible de tragar. Y aunque Moura lo hace bien y uno se va acostumbrando lentamente a él, la serie no deja de cargar ese peso sobre las espaldas.

No es el único del cast que pasa dificultades con el acento, pues el puertorriqueño Luis Guzmán (en el papel de Rodriguez Gacha) no se queda atrás en lo que respecta al uso de ese nuevo castellano que parecen haber inventado para esta serie. Al final, la misma adicción a la propuesta acaba perdonándolo todo, pero ha sido un claro llamado de atención para la plataforma que deberá cuidar estos deslices más adelante.

Luis Guzmán es Rodriguez Gacha
Adicción e impacto

No es lo suficientemente redonda como para codearla con las grandes, pero dada las facilidades que ofrece un servicio para visionar episodio tras episodio sin parar, Narcos tiene los dos condimentos necesarios para convertirse en éxito: es adictiva y genera impacto, algo fundamental en la época en que las redes sociales va convirtiendo todo lo inmediato en una bola de fuego imparable. Si después de la inmediatez del impacto queda algo, el espectador será quien lo decida. Yo por mi parte considero que cuando Netflix se decida definitivamente a desembarcar en suelo español, Narcos será sin dudas una de las principales atracciones.


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