domingo, 20 de septiembre de 2015

El virus del miedo. Altamente contagioso.


Título original:
El virus de la por
Año:
2015
Fecha de estreno:
18 de septiembre de 2015  
Duración:
76 min
País:
España
Director:
Ventura Pons
Reparto:
Roser Batalla, Rubén de Eguia, Albert Ausellé, Santi Ricart, Diana Gómez, Xavier Pujolràs, Anna Azcona
Distribuidora:
Alfa Pictures


El principio de Arquímedes afirma que un cuerpo sumergido en un fluido en reposo recibe un empuje de abajo hacia arriba igual al peso del volumen del fluido que desaloja. En El virus del miedo, adaptación audiovisual de la obra teatral homónima a la regla del matemático griego, Jordi, su protagonista, se ve superado por el desbordamiento que produce un desafortunado beso. Un acto que a priori debería considerarse una simple muestra de afecto inocente, no lo es tanto cuando implica a un joven algo descarado y a un niño pequeño. Las sospechas y la paranoia se desatan y, alentados por la inmediatez y la falta de límites de las redes sociales, los padres de los niños que acuden a los entrenamientos de natación de Jordi sucumbirán ante el virus del miedo que, como cualquier otro virus, no tiene cura y resulta, casi siempre, imparable.

Ventura Pons, director más que prolífico, ha elegido esta obra de Josep María Miró para llevar a la gran pantalla su séptima adaptación cinematográfica, la cual en realidad cumple mucho menos de lo que promete en un principio: una idea actual, cercana y sencilla que sin embargo no consigue estar a la altura de sus precedentes y tampoco logra superar satisfactoriamente la frontera que separa el teatro del cine. 


El ejemplo más reciente y claro de cómo contar una historia como esta es La caza, de Thomas Vinterberg: agobiante, tensa, irritante. El virus del miedo se centra demasiado en el aspecto narrativo (a golpe de flashbacks y repeticiones, la mayoría de las veces innecesarias) y se olvida de las cuestiones más complejas, como la construcción de los personajes, los diálogos y los silencios. Todo esto viene, como ya señalaba antes, de un trasvase entre el lenguaje teatral y el cinematográfico un tanto deficiente, que explota demasiado los recursos técnicos audiovisuales y se mantiene demasiado fiel a las interpretaciones teatrales y la relevancia de los diálogos dramáticos, olvidando que en el cine, tal y como han repetido muchos de los grandes cineastas, todo aquello que pueda contarse sin palabras, así ha de hacerse.

Pese al histrionismo de sus interpretaciones (de nuevo, debido al lastre teatral que impregna toda la cinta), los actores sustentan la película de principio a fin, siendo en ocasiones víctimas de recursos narrativos demasiado artificiales que sin duda vienen dados por la necesidad de ajustar el metraje al máximo y de presentarnos a los personajes de la manera más comprimida posible, dejando una sensación inacabada en el espectador. Quizá esto se deba a un presupuesto especialmente ajustado o, simplemente, a la intención de narrar la historia precipitadamente, presumiblemente para transmitir el agobio de la velocidad con la que el miedo se extiende entre las personas más vulnerables.



Sin duda es una película que no cumple las expectativas que genera, pero que a pesar de todo no deja de ser un film valiente y arriesgado, que aborda un tema difícil y oscuro que inexplicablemente llama a la conciencia de cada uno de nosotros para replantearnos dónde están (o deberían estar) los límites de lo moral y lo incorrecto. Es una voz de alarma, un aviso sobre la extrema infantilización a la que estamos todos sometidos, especialmente los adultos, cuando nos amparamos en la paranoia y la sobreprotección de los menores. Cuando ya no son nuestros actos los que son juzgados, sino nuestro Facebook.


4/10

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