miércoles, 13 de noviembre de 2013

NOVOCINE: Colegas


No es lo más frecuente en el cine acercarnos a las vidas de gente que sufre el síndrome de Down, pero hay ya unas pocas producciones que han contado con actores con síndrome de Down y han acercado esta discapacidad al gran público en disparidad de géneros. Así, Anita, de Marcos Carnevale, enfocaba la trama en la odisea de una niña-adulto de 35 años con el síndrome, que se pierde cuando la explosión de un atentado tiene lugar y siembra el caos. La española Yo, también que aunque como película quedara un tanto limitada por su visión doctrinaria y topiquera de un drama romántico, Pablo Pineda realizaba una insólita visión sobre las inquietudes amorosas de un hombre con síndrome de Down que resultaba bastante interesante. Y en la belga El octavo día, de Jaco Van Dormael destacaba por ofrecer la tierna y simpática historia de amistad entre George (Pascal Duquenne) y Harry (Daniel Auteuil) tras un encuentro fortuito de ambos. Además, en este último caso, Dormael ha contado en otras ocasiones con Pascal Duquenne en sus películas y hasta consiguió el reconocimiento de Cannes como mejor actor junto a su compañero de reparto Auteuil en El octavo día.
Con estas y otras películas en mente, uno se acerca a Colegas, de Marcelo Galvão esperando una road movie simpática que le haga salir de la sala con una sonrisilla. Quizás por eso el chasco sea mayor cuando te encuentras que sales cabreado y con la sensación de "pastiche" entre saturación de homenajes fílmicos y guión de situaciones archisabidas y estúpidas que cuanto menos sonrojan como espectador de cierto bagaje cinéfilo.

Y es que la clave entre pensar "es simpática" a "¿qué clase de mala broma es esta?" está precisamente en la cultura cinéfila del espectador que se encuentre viéndola. Normalmente las películas con guiños cinéfilos suelen disfrutarse más cuantos más sepas reconocer en pantalla, pero en el caso de Colegas creo que es justo al contrario: cuantos más reconozcas, más irás saturándote y llenando el vaso hasta explotar. Y es que no hablamos de ciertas referencias, sino de rellenar en cualquier hueco del metraje, venga a cuento o no, sin importar lo absurdo que quede o la verosimilitud de la película, con escenas que recuerden a otras películas, frases de las mismas o cualquier detalle que demuestre su amor al medio. Y esto a veces tiene cierto sentido en la película, pues uno de los tres amigos que se escapan del instituto especializado en gente con síndrome de Down se llama Stallone (porque su padre era fanboy del actor) y está enamorado del cine, sabiéndose películas de memoria y diálogos que no duda en usar cada dos por tres. Pero en otras veces, usarlo con otros personajes o situaciones donde no aparece simplemente como relleno pero ridiculizando la escena, causa un efecto del pastiche empalagoso e indigesto que comentaba.
Y esto proviene de un guión que hace aguas de principio a fin, sin tono paródico o cínico, con una voz en off absolutamente innecesaria y lastradora, con escenas tópicas mil veces vistas y con una ingenuidad insultante.
Si ya de por sí la historia que se está contando no es nada del otro mundo, si encima se cuenta torpemente, con cámaras lentas acompañadas de música melodramática para mostrar dramatismo o enfatizar sensaciones, la cosa va por mal camino.
Los personajes, caricaturizados al máximo y ridiculizados conscientemente, con el único fin de que sus tres protagonistas destaquen por encima del resto, me parece de mal gusto.  Los personajes de los policías son de inteligencia de parvulario y verlos en pantalla da vergüenza ajena. Si encima se les acompaña con bromas absurdas como la del tono de móvil y encima se repite una y otra vez, la película ya no hay quien la levante.


Quitando al elenco protagonista de los tres amigos, lo demás es bastante desechable, de poca hendidura. Ni emociona, ni hace gracia por más que intente ambas cosas a toda costa. Ni siquiera es verosímil, pues lo que pasa no puede justificarse ni a nivel interno, pero tampoco tira por una vertiente fabulesca donde se pueda justificar mendiante un cuento o metáfora. Es tal su ingenuidad que se espera que simplemente con ver a los protagonistas ir en busca de sus sueños sin sentido ya esté todo hecho. Y cómo no, hasta cuando se visita Argentina se utilizará el tópico del tango, otra muestra más del desorbitado ingenio del guión.
Películas como estas las hay a patadas, pero parece que se utiliza como excusa la deficiencia de sus actores principales para justificar la pobreza de un guión muy mediocre, y esto es lo que no hay que permitir, no se puede ser condescencientes. Si el resultado es malo, lo será independientemente de sean loables o no las intenciones. ¿Acaso si los tres protagonistas fueran actores sin deficiencia mejoraría la cosa? Rotundamente no, porque el problema no radica en ellos, sino en la base de la película, su guión.
Ahorrénsela y vayan a ver El octavo día, háganse el favor.

2/10

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