jueves, 28 de noviembre de 2013

Diablo. Los quilombos llaman a su puerta.



No es muy común ver estrenar en cines películas nacidas en el orgulloso lodazal del gore, humor negro, los homenajes y escasez de medios que desprende la serie B. Estas películas que, lejos de llorar por tener cuatro duros para llevar a cabo su propósito, deciden echarle un par de huevos fritos al asunto y sacarse un producto hecho con alegría con la única finalidad de pasar el mejor de los ratos.

Con este tipo de pretensiones y tras la precariedad de medios, no hay que ser especialmente exigente a la hora de valorarla, sino dejarse llevar y empaparse de su gozoso amor por el cine que destila. Y es que así nace el germen de Diablo, cuando Nicanor Loreti decidió cambiar de escribir sobre cine (fue editor de la revista La Cosa, entre otras colaboraciones y varios guiones escritos) a hacer cine y formar parte activa de él.




Diablo ha sido comparada mucho con Tarantino, y aunque quizás la comparación le venga grande y le haga a veces más daño que bien (por eso del hype y demás), es innegable que coge prestada esa tendencia a homenajear todo lo que se pueda las películas que de alguna forma han marcado la vida cinéfila del director. Así, aparte de evidentes guiños a Quentin y sus películas (ya en los créditos nos recuerda su estilo), encontramos un variopinto collage de escenas que recuerdan desde Toro Salvaje de Scorsese, Ciudad del crimen de Ferrara, Por un puñado de dólares de Leone, un poco de Peckinpah, películas de Bruce Lee e incluso referencias a la propia filmografía argentina, de películas como Gatica, el mono, 76-89-03, Noches sin Lunas ni Soles, No Habrá Más Penas ni Olvido o la filmografía de Germán Magariños, director argentino de películas gore de serie B. Hasta en los créditos finales cuela agradecimientos a La Troma y Lloyd Kaufman (la productora por antonomasia de la serie B y su gran precursor y director de varias joyas de dicha productora, como El vengador tóxico, Tromeo y Julieta, Sgt. Kabukiman o Poultrygeist)

Buscar y reconocer estos y otros detalles se acaba convirtiendo en el mejor pasatiempo que puede ofrecer la película.



Como es evidente y común en películas de bajo presupuesto, la mayoría del equipo técnico y artístico hace más de un trabajo y todo el mundo participa en lo que puede. Así puede dar la impresión de que se está ante una película “de colegas”, pero la verdad es que el resultado final, aparte de intuir que se lo pasaron bien en el rodaje, destila la suficiente calidad para poder tomarla en consideración y no tacharla de video casero, lo cual es muy de agradecer. Consigue transmitir en general su buenrollismo y hace pasar un rato ameno, que al fin y al cabo es su pretensión.

El problema viene al abusar tanto del homenaje sin ofrecer a cambio su sello autoral, su toque distintivo que convierta todo ese collage en una película con personalidad propia. La sencilla historia de enredos (“quilombos” que dirían nuestros amigos porteños) ayuda a no tomarse demasiado enserio la película, pero debería preocuparse menos en recalcar sus gustos y sí demostrar una verdadera identidad (cosa que, por ejemplo, Tarantino ha logrado, de convertirse en el homenajeador al homenajeado).

Nicanor aún debe mejorar en varios aspectos, como en la utilización de la música (denota bastante falta de estilo y parece de simple relleno) pero para ser un debut en la ficción (anteriormente ya había hecho un documental) ya ha sabido ganarse cierto crédito, ganando el festival de cine de Mar del Plata.



Juan Palomino es el más carismático del reparto, donde su némesis, el “clon de Stallone” Hugo Quiril , demuestra más presencia que dotes actorales, pero que su historial en la lucha profesional (es más conocido por sus sobrenombres 'Kato, el gran ninja blanco' o 'Shuto Omori') servirá más que suficiente para levantar los ánimos de cara a la ansiada pelea final.

Sergio Boris y Luis Aranosky, 'Huguito' y 'Café con leche' en la película, respectivamente, aportan los toques de humor a la cinta, donde muchos de sus diálogos provienen de la improvisación en el rodaje.



A los amantes de este tipo de cine les contentará en mayor o menos medida, pero, sobre todo, llenará ese hueco que parece no tener cabida en las grandes pantallas y parece relegado al disfrute casero con amigos afines a dichos gustos. Simplemente por eso, ya es motivo de orgullo que Diablo , después de dos años, al menos llegue a estrenarse en España.

5,5/10

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