viernes, 20 de septiembre de 2013

Thérèse D. Arsénico por frustración




Thérèse D. es la obra póstuma de Claude Miller, que falleció el 4 de Abril de 2012 a causa de un cáncer y siquiera vio su estreno en Cannes como clausura del festival.
Miller fue un firme defensor del cine europeo, siendo el presidente de la gran cadena Europa Cinemas y partícipe del Club de los 13 (formado en 2008), grupo formado por trece personalidades de la cinematografía francesa (entre los que destacan Jacques Audiard y Pascale Ferran entre otros) que denuncian la dificultad para la distribución del cine “del medio” que llaman ellos, refiriéndose a películas dirigidas tanto al gran público como a las pretensiones artísticas, que no están creadas únicamente para fines comerciales ni sujetas a pequeños presupuestos.

Defensor de la nouvelle vague, de ella aprendió el oficio trabajando con Carné, Godard o quien fuera su gran tutor, Truffaut. De hecho, en 1984 recogió el testigo cuando Truffaut murió dejando La pequeña ladrona en la preproducción, la cual finalmente fue la película que más fama dio a Miller.
Como era común en él, para despedirse adaptó una vez más una novela, ésta vez la famosa Thérèse Desqueyroux de François Mauriac, la cual ya fue llevada a la gran pantalla por Georges Franju (Relato íntimo, 1962) e interpretada por Emmanuelle Riva y Phillipe Noiret. La obra, relata a modo de flash-back, los hechos que llevan a Thérèse Desqueyroux a envenenar a su marido (casada por obligación de joven) con arsénico.



Claude Miller y Nathalie Carter optaron por no seguir de forma lineal la historia de la novela, sin dejar de ser fieles al espíritu de la misma. Así pues, la película no es un flash-back sino que transcurre tal cual pasan los hechos, para ahondar en la psique de Thérère y la desidia que le causa la sociedad burguesa a su temperamento liberal. Un personaje dibujado de forma misteriosa, con un rico mundo interior que apenas florece al exterior a base de sueños o tras la melancólica mirada de una soberbia Audrey Tautou, alejada de sus característicos personajes dulces y oníricos.
Miller nos muestra un sobrio drama de época que quizás peque de falta de catarsis emocional, de la chispa dramática que impacte al espectador, pero es un director inteligente que juega a no mostrar todas las cartas de sus personajes para que el espectador sea el que complete mentalmente el mundo interior que se oculta por la hipócrita apariencia formal de la burguesía y la importancia de las apariencias frente a la sociedad. Sus personajes ocultan más de lo que hablan (las conversaciones suelen tratar temas triviales como el tiempo o la caza) y la fuerza de la película reside en llegar a descubrir, mediante el buen trabajo actoral, aquello que no se nos muestra del todo pero se atisba en los gestos y miradas. Así, ni el personaje de Thérèse es la heroína ni Bernard un villano, sino que ambos son esclavos de su entorno.


También es cierto que la excesiva frialdad con la que se retrata la historia y la falta de esa chispa emocional que comentaba, hace que cueste empatizar muchas veces con los personajes y deje un regusto amargo, disfrutando el buen cine pero sin emocionarnos con él 
Gérard de Battista (que ya había trabajado en dos ocasiones con Claude Miller) aporta un buen trabajo como director de fotografía, aportando un bello contraste entre la viveza (el personaje de Jean Azevedo, su barco, la playa...) con la tristeza que emana la reclusión de Thérèse en su casa.

En definitiva, podemos hablar de un muy decente epitafio de un director que nos tiene acostumbrados a obras de climas íntimos y Thérèse D. no iba a ser la excepción, aunque se note la mirada melancólica de un hombre sabedor de su futuro próximo.

6,75/10

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