martes, 23 de julio de 2013

Keep the lights on: Esa droga llamada “Amor”




Después de un satisfactorio recorrido por los festivales tanto de temática gay/lesbiana como de reputado nombre, entre los que destacaría el Teddy bear en Berlín, las nominaciones a los Independent Spirit Awards, Sundance o Tribeca; Ira Sachs, que ya sabía lo que era triunfar en Sundance con Forty Shades of Blue (premio del jurado en 2005), nos presenta un romántico drama intimista en la convulsa ciudad de Nueva York.

Basada en una historia autobiográfica e inspirada en películas como Los chicos están bien de Lisa Cholodenko, Miradas en la despedida de Bill Sherwood y Before i forget de Jacques Nolot; Keep the lights on nos adentra de lleno en el viaje emocional que supone la relación de dos hombres durante una década, mostrando el amor en todas sus manifestaciones.
La película tiene clara su vocación universal en cuanto al relato, como el mismo matiza: “no tenía por qué aproximarme a ella necesariamente como una película sobre la vida gay per se sino como una película sobre una relación de pareja en Nueva York – en ese momento en concreto – que resulta ser entre dos hombres". Esto constituye un interesante estudio de unos personajes que el espectador siente muy cercanos y su relación en pareja y los retos que conlleva.


Sin duda, lo más destacado de la película es la cercanía y sinceridad con que está contada la historia (algo tendrá que ver que sea autobiográfica), y la interpretación de Thure Lindhardt, uno de los grandes actores emergentes de su generación en Dinamarca que destaca, sobre todo, por las arriesgadas elecciones de sus personajes.
Lindhart debutó en el cine en 1987 con Pelle, el conquistador, y destacando sobre todo en la película de Ole Christian Madsen Flame y Citron junto a Mads Mikkelsen.
El joven actor de 39 años ya ha dado el salto a Hollywood, participando en Hacia Rutas Salvajes, Ángeles y Demonios o en la reciente Fast & Furious 6, y próximamente le podremos ver en Bizantium, la nueva película de Neil Jordan.
En Keep the lights on, Lindhardt soporta el mayor peso de la película, destacando por su papel inocente y tierno, pero encima de su compañero de reparto, quizás porque tiene un papel menos agraciado o porque no sabe otorgarle un sello propio, pero el caso es que a las semanas de haber visto la película, si algo permanece en la memoria, es la actuación de Lindhardt.

Entre los secundarios, destacamos a Paprika Steen, veterana actriz danesa que realiza el papel de amiga íntima del personaje que interpreta Lindhardt, que además ya pudimos ver en Noche de vino y copas.


Gran parte de culpa de esa cercanía del relato recae en la sencilla fotografía de Thimios Bakatakis, conocido sobre todo por su trabajo en Canino, la cual fue nominada al Oscar a mejor película de habla no inglesa. Plagada de tonos cálidos donde predomina el amarillo y los planos medios, su composición aporta la intimidad que requiere la historia y que ya empieza desde su acertado título (menos mal que no lo han traducido) y promueve su director. Un gran acierto.
Lo peor es que llega un tramo que el espectador se cansa de tanto ir y venir en la relación y acaba perdiendo cierto interés en ella. Es curioso como un ejercicio tan íntimo y cercano puede a veces distanciarse tanto de nosotros y no implicarnos debidamente.

Dentro del apartado menos destacable englobaríamos su banda sonora, que si bien acompaña a la historia sin desentonar, tampoco es que destaque especialmente.

Con todo, se erige como una más que interesante propuesta dentro de las películas de temática gay de los últimos años, por la sinceridad del relato y la actuación de Thure Lindhardt, aunque con la amarga sensación de perder fuelle mientras avanza en la historia y no implicando al espectador tanto como se desease. 

6/10 

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