martes, 30 de julio de 2013

El estudiante: Con tal de no estudiar...



El guionista de Carancho y Leonera, Santiago Mitre, debuta en la gran pantalla como director en solitario con El estudiante (en 2005 ya participó en el filme El Amor, junto a otros tres directores).
Este proyecto salió adelante sin el apoyo del INCAA (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de Argentina), pero eso no le impidió llevarse cuatro premios de la Academia Argentina de Cine (los Goya de allí) y el premio de la crítica argentina, aparte de triunfar en festivales minoritarios como el BAFICI, Gijón, Cartagena o Locarno.

La historia nos sumerge de lleno en el universo de Roque Espinosa (Esteban Lamothe), un estudiante que prueba suerte (por tercera vez) en la universidad de Buenos Aires. Sin embargo, pronto descubrirá que no tiene la vocación necesaria para el estudio. Entre idas y venidas, fiestas y encuentros con amigos, conoce a Paula (Romina Paula), una profesora de la facultad, que lo introduce en la política estudiantil. Roque empieza a asistir a las reuniones del partido y a relacionarse con otros militantes. Así es como conoce a Alberto Acevedo (Ricardo Felix), un antiguo político que, desde su cátedra, se dedica a formar a los cuadros del partido. A su lado, Roque aprende los entresijos de la política y se convierte en un dirigente estudiantil. 


Lejos de la sátira fabulosa y acertada que era Election (Alexander Payne), Mitre tira hacia el tono dramático del asunto, usando en demasía el diálogo para hacer evolucionar la acción, aparte de presentar un guión anticlimático, y no porque la historia no lo intente en sus trejemanejes políticos, sino porque es todo tan obvio y poco emocionante que deja indiferente al espectador, en el mejor de los casos, o aburrido, en el peor de ellos.
Esta recreación del mundo político a escala universitaria falla a varios niveles, siendo uno de los más acusados los personajes, donde aparecen y desaparecen sin previa explicación, y los que quedan, se hallan faltos de vida o personalidad, son meros peones de la historia, utilizados para explicar sin dejar la posibilidad a la implicación o reflexión alguna.
Otro punto donde falla, que ya habíamos adelantado, es el guión, una historia de dos horas de duración con apenas cierto clímax en un par de ocasiones es jugar con fuego, corres el riesgo de que, como en este caso, la gente pierda el interés en lo que está sucediendo.

Rodada con cierta estética documental, se nos intenta acercar y meter de lleno en el mundo estudiantil, pero es difícil empaparse de lleno cuando hay tantas referencias a la política autóctona, lo que hace que el espectador ajeno a ella ande bastante perdido en ciertos tramos. Y cuando se juntan todos estos impedimentos, aunque la historia de fondo sea interesante y al final se intente levantar el vuelo, el resultado final queda bastante desaprovechado. No hay que perder de vista ni el fondo ni las formas a la hora de narrar, ni dejar que el mensaje se coma la película de tal forma que no haya disfrute para el espectador, pues un espectador adormecido, difícilmente estará receptivo para el mensaje.

4/10

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