martes, 4 de junio de 2013

Populaire: America for business, France for love



Populaire supone el debut en la dirección de Régis Roinsard, por la que recibió una de las 5 nominaciones en total que obtuvo la película en los premios César.
A Régis le surgió la idea de hacer una película sobre los concursos de mecanografía tras ver un documental sobre la historia de las máquinas de escribir, donde se incluía una secuencia sobre un concurso de mecanografía. A partir de ahí empezó a recopilar información sobre este singular “deporte” hasta llegar a formarse el guión de esta singular historia que tiene lugar en la primavera de 1958. La joven Rose Pamphyle vive con su padre, un viudo cascarrabias que dirige la tienda del pueblo. Comprometida con el hijo del mecánico local, parece destinada a la vida tranquila y monótona de un ama de casa. Pero no es eso lo que ella desea. Cuando viaja a Lisieaux, en Normandía, dónde el carismático jefe de una agencia de seguros, Louis Echard busca una secretaria, la entrevista de trabajo resulta un desastre. Pero Rose revela un don especial, puede mecanografiar a una velocidad extraordinaria.
Inconscientemente, la joven despierta el durmiente espíritu de competición de Louis. Si Rose quiere el trabajo tendrá que participar en una competición de mecanografía. Cualquiera que sean los sacrificios que tenga que hacer, Louis se declara su entrenador. La convertirá en la chica más rápida no solo del país, sino del mundo. Pero el amor al deporte no siempre combina bien con el amor a secas.

Régis siempre tuvo presente durante el proyecto lo que quería para su película, y su amor al cine de los 50 y 60, la estética de Jacques Demy, la comedia de Stanley Donen y Billy Wilder o el encanto de Audrey Hepburn o Marilyn Monroe están presentes en Populaire, aunque Régis lo adapte a su manera.
Ya en los créditos iniciales nos metemos de lleno en la situación temporal, todo un homenaje a una época y una declaración de intenciones para con el espectador.
Eran los años precedentes a la liberalización de la mujer, las cuales soñaban, como la protagonista, con ser secretarias y despuntar a la moda de París. La competitividad era tal que hasta en los curriculums se incluían las pulsaciones por minuto. La rapidez era fundamental y ese deseo se extrapola a sus personajes, donde Rose desea abandonar su pueblo para destacar.

 

Todo este aire de superación a lo Rocky, con entrenamiento incluido, viene de la mano de la guapa Déborah François, que ya despuntaba maneras en El niño de los hermanos Dardenne y en El primer día del resto de tu vida de Bezançon. Con el estilo y la belleza de Shirley MacLaine y Audrey Hepburn, su fragilidad pero a la vez fuerza y voluntad para conquistar el mundo si hace falta, François se come la pantalla, irradia magnetismo. Además, el entrenamiento que hace en la película aprendiendo mecanografía fue casi real, pues François le dedicó de dos a las tres horas al día durante tres meses en la fase de preparación, y luego durante el rodaje, a formarse como mecanógrafa.
No se queda atrás Romain Duris, el cual estuvo siguiendo a un entrenador de fútbol para opreparar su papel. Duris, cada vez más popular y con la chispa de siempre para la comedia, posee un encanto extraño, y el personaje le queda perfecto. Misterioso pero a la vez simpático.
Bénérice, guapa como de costumbre, aquí relegada a un papel más secundario pero no por ello menos importante, juega un papel vital, sobre todo para el personaje de Romain Duris y su evolución interna.

Quizás podamos decir que carece de un guión sorpresivo, la historia es previsible pero no pretende lo contrario. La importancia reside en los protagonistas y su relación, y ello se nota en el especial cariño con el que están trabajados y plasmados en pantalla.
Sí que se echa en falta un poco, quizás, una leve explicación de las reglas de los concursos de mecanografía, pues es un acontecimiento tan extraño a ojos de casi todo el mundo actualmente que la expectación recae en esperar a que el jurado dicte veredicto, pese a que se nota tensión entre los participantes, no te sientes implicado con tanta intensidad.

Otro apartado en el que destaca especialmente Populaire es la fotografía gracias a Guillaume Schiffman, quien gracias a The Artist ha ganado reputación. Aquí vuelve a hacer un trabajo muy destacado sobre todo cromáticamente, emulando correctamente la estética de los 60 y su viveza visual. La escena de cama entre Rose y Louis, con sus tonos rojizos y azules sería un buen ejemplo de la gran labor realizada.


Una opera prima que costó la inusual cantidad de 15 millones de euros (para un trabajo de un principiante), pero que gracias a la implicación de todo el reparto y el equipo técnico y, sobre todo, por el amor con que está hecha ha logrado llegar a buen puerto. Y es que la frase “America for business, France for love” viene a reflejar la película en sí, pues aunque nunca se descuide el negocio (sobre todo cuando hay tanto dinero en juego) la impresión es que se ha hecho más pensando en el amor a cierto cine de una época que a la taquilla.
Por suerte, ese amor y simpatía que derrocha se traslada al espectador, que pese a que sea la historia mil veces vista pero con vestido diferente, se gana su afecto y le conquista una vez más.

7/10

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