lunes, 15 de abril de 2013

Nana: ya desde el título te invitan a ello




El cine francés tiene fama de lento y pecar de trascendente, esto no es nada nuevo, pero Valérie Massadian sería de esas directoras que hacen que este impopular tópico tenga su parte de razón.

Cuando la misma Valérie confiesa que el guión, de unas veinticinco páginas, fue solamente escrito para recibir la subvención de turno y sacar adelante el proyecto... nos lo creemos, y más después de ver el resultado. Y es que, según alega, la película se forjó en el montaje, pero la sensación es que eso del 'ritmo narrativo' es un concepto desconocido para la directora.
Una cosa es hacer una fábula sobre la infancia y otra muy distinta presentar una narración propia de un niño de parvulario, inconexa en muchos tramos, como recopilando escenas grabadas de una niña jugando a su antojo... y ya está. Esa idea de 'cada uno se monta la película en su cabeza' me parece la excusa de no saber hacer bien las cosas. Se puede dejar a la libre interpretación un final o algún concepto, pero no la película entera, porque para eso ya la hacemos nosotros mismos.


Nana, con una natural y encantadora niña de 4 años como protagonista y ese aire campestre que se respira (se nota de donde viene Valérie) son las máximas virtudes que encontraremos en este fallido proyecto, junto con alguna que otra escena de mayor calado, como la apertura de la matanza del cerdo (real, por cierto) o Kelyna Lecomte y Marie Delmas jugando a escupirse el agua.
La propuesta acaba sucumbiendo a su falta de ritmo, que, como ya apunta desde el título, es proclive a echarse una siesta libremente sin temor a perderse nada trascendente.

Si la idea de Valérie sobre una alegoría de la mala educación infantil (donde el cruel ser humano, con corazón de perro como en el cuento que se narra en la película, deja en herencia una mala imagen a sus hijos) es colocar escenas sin ton ni son de una niña jugando sola con animales muertos durante toda la película... es que, o yo entiendo poco de cine, o su directora cree ingenuamente que el arte cinematográfico y el fotográfico son lo mismo.


Es entendible que no se quiera imponer a una niña hacer ciertas escenas, ya que, a todas luces, no es una verdadera actriz, pero de ahí a dejar al libre albedrío la totalidad de la película va un trecho muy grande, tanto como el de un proyecto interesante y otro pretenciosamente fallido.

Al menos podemos agradecer que, al final, se desechasen sesenta horas de metraje y haya quedado una película de apenas una hora, que, con todo, se antoja excesivamente estirada.

4/10

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